>Un Mundial para la reconciliación

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La Copa del Mundo 2010 puede marcar otro avance más en la integración racial de Sudáfrica, como lo fue en su momento la conquista del mundial de rugby por los Springboks en 1995.

Los momentos previos al inicio de la fiesta máxima del balompié se desarrollaron en medio de la euforia general y de la unión entre blancos, negros e indios detrás de un mismo objetivo.

El diario The Star, el más importante de Sudáfrica, escribió que el concierto del 10 de junio, celebratorio del inicio del Mundial, sirvió para que los “sudafricanos de todas las razas lucieran los colores patrios de manera orgullosa”.

Dos muchachas negras, Kholofelo Masola y Tshepo Lekoane, bailaban y se tomaban fotos con dos muchachas blancas.

A 48 horas del inicio de la Copa del Mundo, los Bafana Bafana –así les llaman a los seleccionados sudafricanos– subieron al techo de un ómnibus, y pasearon por Sandton, la zona exclusiva de Johanesburgo, ante el delirio de decenas de miles de personas.

“Jamás había experimentado este tipo de sensaciones, ni siquiera en las primeras elecciones democráticas del país en 1994”, confesó Brenda Barratt, de 59 años, al diario BusinessDay de Johanesburgo.

Mientras Simon Muthelo exclamaba: “Mire a la multitud, éste es el verdadero ejemplo de la reconciliación”.

Barratt y Muthelo todavía tienen muy frescos en la memoria los horrores del apartheid, que fue abolido en 1994 después de haber dejado una huella imborrable de abuso, injusticia y deshumanización.

El separatismo había sido legalizado en Sudáfrica desde 1948. En el transporte público, los ómnibus para los negros tenían sus propias paradas, diferentes a las de los blancos.

Igual ocurría con los hospitales, ambulancias y puestos de gobierno. Las relaciones afectivas interraciales estaban prohibidas y de producirse estaban penadas con la cárcel.

Los negros se hallaban impedidos de vivir en la zona de los blancos, y podían trabajar ahí sólo con un pase que no daba acceso a sus familiares, incluso los más directos como esposa, hijos o padres.

Si un negro sin permiso era encontrado en la zona de los blancos de inmediato era arrestado, enjuiciado como inmigrante ilegal y luego deportado al lugar donde vivía fuera de las ciudades.

En el 2010, Sudáfrica no es así. Ha dado un paso gigante en la reconciliación. Ahora está integrada al mundo. Ya no sufre el boicot que le costó tanto en la era del apartheid y que la marginó de virtualmente de todas las grandes competencias deportivas oficiales, como Juegos Olímpicos, Copa del Mundo y mundiales, entre otras.

Hay todavía rezagos, pero más velados.

Thami Mahlangu, un taxista negro, aseguró que el apartheid no se ha ido del todo en Sudáfrica sino que permanece de una manera subterránea.

“Ahora tampoco se ve que una blanca se case con un negro”, afirmó Mahlangu. “Un niño negro sólo va a un colegio de blancos si puede pagar el alto precio que cuesta la educación”.

Uno ve en las ciudades, sin embargo, que negros y blancos alternan en los mismos empleos. En la casa de cambios, Lucas Maguvhe, un muchacho negro, compartía la ventanilla de atención al público con una muchacha blanca.

Una mujer de raza negra conducía un lujoso BMW por las calles de Sandton.

Cuando la selección sudafricana se dirigía al Soccer City Stadium para enfrentar a México en la inauguración del Mundial, el viernes pasado, una multitud de automovilistas de todas las razas hacía sonar las bocinas de sus vehículos y expresaba su júbilo y orgullo por su equipo.

Vale recordar que el fútbol es el deporte que siempre ha sido identificado con los negros y el rugby con los blancos. En esta oportunidad el Mundial lo disfrutan 49 millones de sudafricanos.

Como los Springboks, que pese a ser un equipo idolatrado por la minoría blanca se ganó el corazón de todo el país gracias también al esfuerzo integrador de Nelson Mandela, en esta ocasión la Copa del Mundo está ejerciendo el efecto unificador que une a todos detrás del fútbol y de los Bafana Bafana.

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